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viernes, 14 de diciembre de 2018

El genial comienzo de 'la Metamorfosis', de Franz Kafka.

El principio de la obra más conocida de Kafka, explicado.

Cuando Gregorio Smasa se despertó una noche de un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto... Así comienza 'La metamorfosis'.

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Cuando Gregorio Samsa se despertó una noche de un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto.Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido en partes durasen forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse ya el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.

- ¿Qué me ha pasado? - pensó.

No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bine algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de paños desempaquetados -Samsa era viajante de comercio-, estaba colgado ese cuadro que hacía poco había recortado de una revista y había colgado en un bonito marco dorado. Representaba a una dama ataviada con un sombrero y una boa de piel, que estaba allí, sentada muy erguida y levantaba hacia el observador un pesado manguito de piel, en el cual había desaparecido su antebrazo.

Franz Kafka nació en Praga en 1883, y murió en Kierling, Austria, en 1924, a la edad de cuarenta años. Su obra fue muy influyente por su original mezcla de simbología, realismo y fantasía. A parte de 'La metamorfosis', escribió otras obras como 'Descripción de una lucha', 'El guardián de la tumba' o 'El proceso'.

De 'La metamorfosis' ya hablamos en la entrada sobre los seis mejores comienzos de libros de todos los tiempos. Lo maravilloso del principio del libro es lo bien que Kafka consigue que el lector sienta realmente cómo puede ser despertarse un día y empezar a darse cuenta de que algo raro pasa: te has convertido en una especie de cucaracha gigante. 

Unas cuantas páginas tarda el pobre Gregorio Samsa en poder levantarse siquiera de la cama, y más todavía le lleva salir de la habitación. Todo esto supone un sufrimiento enorme para el lector, sufrimos durante unos cuantos minutos sintiendo realmente las patitas minúsculas agitándose de un lado a otro... he ahí lo que hace maravilloso a este principio.

El libro continua con la reacción de los familiares al ver que su querido Gregorio, un señor independiente y trabajador, se ha convertido en una torpe cucaracha que no puede ir a trabajar, un paria. Entonces, sin el sueldo del joven, la familia tiene que hacer recortes y la hermana cuida de él y le debe dar de comer. Las cosas no tardan en ponerse feas con estas circunstancias, claro, y todos empiezan a cabrearse con nuestro pobre prota.

(ATENCIÓN: SPOILER, PASA AL SIGUIENTE PÁRRAFO PARA EVITARLO) Finalmente, Gregorio se da cuenta de que es un lastre y de que así no quiere vivir. Se encierra y decide dejar de alimentarse hasta que palma. Al final, los familiares se alivian tras la muerte de nuestro viajante de comercio. Pobrecillo.

¿Qué quiere decir este libro?¿Qué significa?

La metamorfosis critica que, en nuestra sociedad, al hombre se le exige producir, ser útil, para ser persona. Una persona inútil no es persona. La vida no tiene sentido sin trabajar. Aunque esto, en realidad, no haga más que robarnos la vida. 

Es decir: se cree que la vida sin trabajo no es vida. Sin embargo, el trabajo acaba absorbiendo todo nuestro tiempo y nos quedamos sin vida a la que darle sentido. 

Fuentes:
¡Hasta pronto! Antes de irte, a lo mejor te gusta también leer más frases increíbles de libros, o si te va más la música, las letras más poéticas de canciones. ¡Y no olvides seguirme en el blog!

Esto ha sido todo, ¡pronto más!

sábado, 13 de octubre de 2018

Revista, cuento corto a partir de una palabra aleatoria.

Cuento escrito en base a una palabra al azar.

Un microrrelato original y entretenido sobre una revista.

He hecho esto de los cuentos con palabras aleatorias un par de veces antes, con 'El tren' y 'Cierre'. Este es mi tercer intento, a ver si os gusta.

El otro día, aburrido en clase porque el profesor no había venido, le pedí a un amigo que me dijese la primera palabra que se le viniese a la mente. Él me dijo 'revista'. Y entonces yo empecé a pensar, y luego a escribir... Espero que lo disfrutéis.

Revista.

Caminando calle abajo, por los Robles, se levantó una brisa intensa que agitó las páginas de la Gaceta Diario de hoy, las levantó, y las hizo revolotear brevemente frente a mis ojitos, poco antes de caer de nuevo frente a un banco cinco metros calle abajo, un banco vacío como el aire de este día. Quise agacharme para cogerlo y ver que se cocía este lunes en la ciudad, cuando una ráfaga de viento que vino con el trino de un pájaro me lo arrebató y lo hizo volar a ritmo constante, un traviesillo vals aéreo Los Robles abajo. Lo seguí, picando el envenenado anzuelo de la curiosidad matutina, y el pícaro viento volvió a hacerlo aletear, noticias frescas otra vez los Robles abajo, pasando el cruce con la calle del General. Yo no quise esperar a que al semáforo le diese por cambiar de color, y crucé sorteando un par de vehículos que me pitaron, protestantes, a su paso. A punto de ser rozado por un Volvo y un Renault, salvada la desgracia seguí por la otra acera, pero entonces supe que lo había perdido de vista. Poco duró por surte o desgracia mi decepción, pues  como si de un pájaro de papel se tratase, el periódico planeaba directo hacia el río, otra vez visible, entre los árboles del Parque del Ángel, precipitándose amenazador hacia las aguas rápidas. Me lancé a correr, con miedo ya -esa era mi preocupación por aquel manojo de papeles-, agobiado y desesperado, hasta llegar a la barandilla que delimitaba el cauce cuando al revista estaba a punto de hacer su descenso final. Sentí que podía estirar el brazo y me bastaría para cogerla, y eso hice. Me encaramé a la barandilla hasta rozarlo con mis dedos y entonces crujió. El hierro crujió y cedió, y mi cuerpo se hallaba sin la valla, cayendo hacia el río con el ansiado periódico en las manos. 

En mi último momento de lucidez, aprovecho para regocijarme leyendo la portada: 'Hoy, en el Parque del Ángel, un hombre de edad media ha caído al río y ha muerto ahogado, se cree que se asomó demasiado a la barandilla y...'. 

Mierda.

Darío Bejarano Paredes, o sea Atoman, o sea el menda.

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Revistas
¡Hasta pronto! Si os ha gustado, tal vez quieras leer otros microrrelatos, como los más cortos de la historia, o los más terroríficos.  Si queréis apoyarme, podéis también seguirme en el blog, ya que a mí me motiva mucho ganar nuevos seguidores y me anima a continuar con esto. Hasta la vista!!!

martes, 25 de septiembre de 2018

Las frases más inolvidables de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

El Principito de Exupéry y sus citas más notables.

Descubre por qué leer este libro tan chulo a través de sus frases más bonitas.


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Cuando, cómo y por qué leer el principito.

El Principito es un libro único. En él, miles de enseñanzas, metáforas y bellas frases se camuflan bajo la falsa apariencia de  un simple cuento. Es por eso que El Principito son dos libros, y por lo que debes leerlo dos veces en la vida: la primera vez, de niño, para disfrutar del cuento infantil, y la segunda vez, de adulto, para comprender todo lo que hay detrás: las bellas reflexiones sobre la infancia, los defectos de los adultos, la vida... y toda la simbología. 

Frases célebres de El Principito.


Estas son las frases más famosas de esta obra tan maravillosa:



1.''Voy a regalarte un secreto. No puede ser más simple: no se ve bien sino con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos''.



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Esta conocida frase nos enseña que no solo los ojos nos sirven para ver, que lo que realmente merece la pena mirar es algo para lo que los ojos no sirven, y para lo cual debemos hacer uso de nuestro corazón.


2.''Es una locura odiar a todas las rosas solo porque una te pinchó. Renunciar a todos tus sueños solo porque uno de ellos no se cumplió''.


Esta frase tan bella puede aplicarse a temas más allá de los sueños. Simplemente no hay que tener miedo de algo solo porque una vez nos saliese mal. Esto solo acabará convirtiéndonos en seres cobardes que vivan una vida a medias.


3.''Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante''.

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La importancia que algo tiene para nosotros se la da la dedicación, el tiempo, los momentos compartidos... Son las experiencias que nos quedan en la memoria las que diferencian un anillo, una rosa, o incluso un amigo, de cualquier otro anillo, rosa o persona cualquiera.


4.''Caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos''.


Seguir siempre un camino planificado, una sola dirección, no funcionará. Lo ideal es perderse, explorar todas las rutas y dejarse llevar por el instinto de cada uno. Tal como hacía el mismo Einstein que, según dicen, de niño se negaba literalmente a caminar en línea recta.


5.''No era más que un zorro semejante a mil otros. Pero lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo''.


Igual que en la frase número tres, lo que hace a un amigo un amigo, más allá de su personalidad o sus virtudes, es la vida compartida, eso es lo que lo hace único y especial.


6.''Lo que embellece al desierto es el pozo que oculta en algún sitio''.

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Esta preciosa frase puede interpretarse de varias maneras. Primero, la belleza es más bella si es única y escasa; o que en todo hay una belleza escondida en alguna parte, aunque no nos demos cuenta. También podemos decir que hasta los problemas más terribles esconden una salida, una solución.


7.''Nunca se siente contento uno donde está''.


Una frase muy de actualidad. ¿Por qué nunca nadie está conforme nunca con lo que tiene? ¿Por qué siempre queremos más, y cuando lo tenemos deseamos más todavía?


8.''Cuando el misterio es demasiado impresionante, es imposible desobedecer''.

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Cuando la curiosidad es muy grande, esta vence a la razón y nos obliga a saber más y más...

Esto ha sido todo por hoy!!! Porfa, please, s'îl vous plaît... seguidme y leed más entradas. Hasta la vista, baby!

domingo, 16 de septiembre de 2018

¿Qué son los cronopios, las famas y las esperanzas de Julio Cortázar?

Historias de cronopios y famas, el libro de cuentos de Julio Cortázar.

Definición de cronopios, famas y esperanzas, tres tipos de personas. ¿Cuál eres tú?


En el libro Historia de cronopios y de famas se recogen una serie de relatos escritos por el escritor argentino Julio Cortázar en los que aparecen unos seres llamados Cronopios, Famas y Esperanzas, y que podrían considerarse como tres tipos de personas.

 ¿Quieres saber cómo son y cuál eres tú?


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Cronopios.

Los cronopios son de pensamiento romántico, de mente poética, son pasionales, con tendencia a soñar y con facilidad para apreciar la belleza. Idealistas, y antisociales, más desordenados que el cajón de tu escritorio. Normalmente, gente un tanto rara. Y, según cómo los representa Cortázar, lo más raro no es la personalidad: están hechos de una materia verde y húmeda, y tienen forma redonda.

Famas.

Los famas son algo así como la antítesis de los cronopios. Estirados, arrogantes... Lo tienen todo planeado siempre, necesitan un orden, y son los más frecuentes entre puestos importantes. Unos pijos muy rectos.

Esperanzas.

Los esperanzas aparecen menos a menudo en los cuentos de Cortázar -tanto que las marginó dejándolas fuera del título de su libro. Son un híbrido. A parte de dándoles una menor presencia en su obra, el escritor los castigó también dándoles la personalidad menos interesante. Son muy aburridos, y suelen preferir los caminos más cómodos y seguros, dejándose a menudo dominar por o cronopios, o por famas.

Hay una divertida comparación entre los personajes de la serie de dibujos animados 'Bob Esponja' con cada uno de estos tres perfiles, y que ayuda a explicar los tres roles:
  • Bob Esponja, jovial y sentimental, es un cronopio.
  • Calamardo, seco y metódico, es un fama.
  • Patricio Estrella, tonto y perezoso, es un esperanza.

(Esta divertida idea la he tomado prestada de un comentario de esta página).

Para terminar, vamos a leer un par de textos sobre estos seres tan curiosos.

Este es uno de los microrrelatos de Historia de Cronopios y de Famas titulado 'La tristeza del cronopio':

A la salida del Luna Park un cronopio advierte que su reloj atrasa, que su reloj atrasa, que su reloj.
Tristeza del cronopio frente a una multitud de famas que remonta Corrientes a las once y veinte y él, objeto verde y húmedo, marcha a las once y cuarto.
Meditanción del cronopio: 'Es tarde, pero menos tarde para mí que para los famas, para los famas es cinco minutos más tarde, llegarán a sus casas más tarde, se acostarán más tarde. Yo tengo un reloj con menos vida, menos casa y menos acostarme, yo soy un cronopio desdichado y húmedo'.
Mientras toma café en el Richmon de Florida, moja el cronopio una tostada con sus lágrimas naturales.
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La tristeza del cronopio.

Este otro se titula 'El canto de los cronopios':

 Cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana, y pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días. 
Cuando los cronopios cantan, las esperanzas y las famas acuden a escucharlo aunque no comprenden mucho su arrebato y en general se muestran algo escandalizados . En medio del corro el cronopio levanta sus bracitos como si sostuviera el sol , como si el cielo fuera una bandeja y el sol la cabeza del bautista, de modo que la canción del cronopio es Salomé desnuda danzando para los famas que están ahí boquiabiertos y preguntándose si el señor cura, si las conveniencias. Pero como en el fondo son bueno (los famas son buenos y los esperanzas son bobos), acaban aplaudiendo al cronopio, que se recobra sobresaltado, mira en torno y se pone también a aplaudir, pobrecito.

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El canto de los cronopios...
 Por último, os dejo aquí un test para saber si sois o cronopios, o famas. Lo siento pero, al igual que a Cortázar, a quien hizo este test los esperanzas no le caerían muy bien. Esto ha sido todo... ¡hasta pronto!

 Por cierto... antes de irte, lee otras entradas y sígueme en el blog.

domingo, 19 de agosto de 2018

Un bonito cuento. Tolstói bajo la Farola.


Un cuento corto sobre la literatura, la infancia y un gran libro.

 Un relato corto que se lee rápido, por si estás aburrido.

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Tólstoi bajo la farola.


Un niño pequeño, cuya edad el viejo Jason estimó en unos siete años, estaba quieto en mitad de la acera. Lloraba desconsoladamente, y su figura estaba cubierta por un manto de lluvia. El niño llevaba una camisa azul, cubierta por un jersey de rombos burdeos, y unos pantalones negros, de los que los niños hijos de nuevos ricos eran obligados a llevar. Su tez, blanca como el azahar, estaba empapada, en parte por lágrimas y también por gotas de lluvia, que le daban a su piel lisa el aspecto de un azulejo. El viejo Jason, movido por la mezcla de curiosidad, simpatía y compasión que aquel pequeño le producía, le dijo desde su casa, aquel lugar bajo la farola de la tercera avenida: 
- Tú, chico, ¿quieres que te enseñe algo?
 - Mi mamá me dice que no hable con desconocidos. 
- Ajá. ¿Y dónde está tu mamá ahora? 
- No lo sé, me he perdido.
 - Ya veo… 
El viejo Jason se levantó, se acercó al niño y le tendió su mano huesuda y cubierta de venas.  
- Jason Jackson, un placer. ¿Usted es? 
El niño, algo temeroso, le dio la mano al viejo y respondió: 
- Peter Fane.
 - ¿Ves? Ya no soy un desconocido. 
- Sí, puede que tengas razón… 
- Peter dejó escapar una risa.
 - Bien, ¿quieres que ahora te enseñe eso que quería que vieras?
 - No lo sé… mi mamá no estaría de acuerdo.
 - Ya, pero… ¿está aquí tu mamá? Venga, te lo enseñaré. 
El viejo Jason se acercó de nuevo a la farola a la que llamaba hogar, y removió sus mantas hasta sacar un objeto voluminoso, polvoriento y bastante deteriorado, que protegió con su cuerpo y su chaqueta de la lluvia.  
- ¿Qué es eso? – preguntó el niño.
 - Un libro. No, no es un libro. Es El Libro. 
Peter se acercó, y recorrió con sus ojos las letras amarillentas que poblaban la portada: Leon Tolstói: Guerra y Paz. 
- ¿Y por qué es tan importante este libro, señor Jason? - Por todo, Peter, por todo. Por cómo fluye el libro en sí, por el impecable retrato de la sociedad de su época que constituye, por la exquisitez en la narración, por la genialidad sobre todo en los pasajes bélicos. Peter, el día en que se supere la calidad de este libro, el hombre habrá superado a Dios. - ¿Y por qué tanto por un libro? - Peter, esto no es un libro, es para mí un mensaje divino, una bendición para la humanidad, enviado a través de un profeta llamado Tólvstoi. Lo comprenderás. 
Jason abrió el libro. Acarició las primeras páginas, mimando aquella impresión como si de un hijo se tratase. Finalmente comenzó a leer: 
‘Eh bien, mon prince, Génova y Lucca ya no son más que posesiones de la familia Bonaparte. No, le prevengo que si usted no me dice que estamos en plena guerra, si vuelve a permitirse paliar todas las infamias…’ 
Peter escuchaba el relato que el mendigo recitaba de memoria, o al menos esa impresión tenía el chico, a pesar de que Jason seguía las líneas del texto con la vista. El niño no estaba seguro de entenderlo, pero aun así no podía resistirse a aquellas palabras tan musicales que embriagaban sus oídos y su mente. Jason leyó por un largo rato, y más de una vez Peter vio caer de los ojos del aciano alguna lágrima que impregnó las páginas amarillentas. La noche pronto se cernió sobre ellos, y fue entonces la luz de la farola la que les iluminó, sustituyendo al sol cuya luz antes se filtraba tras las nubes. Pasadas ya más de tres horas de narración, la voz de Jason Jackson fue interrumpida por otra: 
- ¡Peter! ¿Qué haces aquí con este hombre? ¿Estás loco? ¡Te dije que no te movieras de la puerta del hotel!
 - ¡Mamá, mamá! Este señor no es malo. Además, empezó a llover y me fui a buscar la estación de metro para refugiarme, pero me perdí, y me asusté…
 - No quiero oír tus escusas, niño. ¿Sabes acaso dónde ha podido estar este señor?
 - Señora, por eso no se preocupe. No me he movido de esta farola. - ¡Esto es ridículo! Ay, dios mío… te vas a enterar cuando se lo diga a tu padre.
 - ¡Pero yo no he hecho nada malo! - El chaval tiene razón. Yo, de ser el padre de este niño, no lo dejaría tirado por ahí en mitad de la calle... 
- ¿Y ahora un mendigo pretende darme lecciones? ¡Esto es el colmo! Peter, nos vamos de aquí. 
La señora agarró al niño del brazo y se lo llevó tirando de él. El chico dijo adiós a Jason con la mano, y este correspondió con una ligera sonrisa de simpatía. 

*** 

Sin embargo, no sería la última vez que Peter Fane vería a aquel hombre. Tampoco sería la última vez que las letras de Tolvstói tendrían la ocasión de deleitarle. Pero sí fue la primera vez en ambos casos, fue el comienzo de dos relaciones que cambiarían la vida del joven Peter. 
Los encuentros posteriores que Peter mantuvo con el viejo Jason fueron algo más clandestinos. A pesar de las represalias que sus padres le imponían, el joven no podía evitar escaparse, en busca de aquella farola de la Tercera Avenida, para encontrarse con aquel cálido mendigo y con ese libro, ese libro que no dejaba de fascinarle. El anciano nunca le dejaba leerlo, él debía limitarse a escuchar su narración. Hasta aquel día, claro.  
En una de sus furtivas visitas al viejo Jason, Peter notó en este algo raro. No, no era nada malo. Al contrario, mostraba un brillo en los ojos que no era habitual en él. 
-  Hola, Peter – Jason sostenía el libro entre las manos, en lugar de mantenerlo escondido, como era habitual en él. 
- Hola, buenos días. Un momento… ¿te ocurre algo hoy? Te noto… extraño. 
- Sí, Peter, sí. Mira, creo que es hora de que lo sepas. 
- ¿Qué? 
- Peter – Jason se llevó la mano a la frente, recorriendo con los dedos su pelo canoso -. Ya tienes once años, es hora de que empieces a leer de verdad. 
- ¿A leer de verdad? 
- Sí Peter, sí. Es hora de que conozcas el placer de la lectura en todo su esplendor. Fue con tu edad cuando yo leí por primera vez Guerra y Paz. Ahora quiero que lo hagas tú. 
- Pero… sí ya me la has leído tres veces. 
- No es lo mismo, Peter, no es lo mismo. Es hora de que lo leas con tus propios ojos. Es hora… de que este libro pase a ser tuyo. 
Era cierto, no era lo mismo. Aquel día Peter Fane comenzó a leer Guerra y Paz, y hasta que, dos días y dos noches más tarde corrió la última página, no pudo parar. Fue entonces cuando decidió que dedicaría su vida a los libros, a la lectura.  
La misma mañana en que terminó de leer la obra maestra de Tolvstói, fue a visitar al mendigo para devolverle el libro, y darle las gracias por haberle desvelado el que siempre consideraría, hasta el fin de sus días, como el mejor libro de todos los tiempos. Sin embargo, bajo la farola no encontró rastro alguno de él. Ni siquiera estaba allí su manta, ni ningún resto de basura o de comida. Peter sintió… que se había esfumado.

*** 

Yo, Peter Fane, no volví a saber más de aquel hombre. Sin embargo, su influencia marcaría el resto de mi vida. Tras Guerra y Paz, pronto me lancé a descubrir más autores. El primer libro con el que me topé fue con Tom Sawyer, un libro que, dado el alto listón que había colocado Guerra y Paz, no cubrió para nada mis espectativas. Pasaron varios años, que dediqué principalmente a la lectura de Dumas y a los grandes poetas españoles, principalmente a Bécquer, que aún me supieron a poco en comparación con el gran Tolvstói, hasta que encontré otro libro capaz de dejarme huella. Se trató esta vez de Charles Dickens y su Oliver Twist. Más tarde, mi querido Dorian Gray y el fantástico Orgullo y Prejuicio de Jane Austen terminaron de enamorarme por la lectura.  
A los veintiún años, tanto leer me trastornó lo suficiente como para cometer la que consideré siempre la gran locura de mi vida: escribir un libro. La Vida y la Muerte del Señor Sin Nombre, lo llamé. Una larga historia de casi mil quinientas páginas en las que hablaba de las tramas que habían rodeado la vida de un personaje imaginario. Nada más enviarlo a la editorial, me di cuenta de la bazofia que había creado, y me arrepentí de haberlo escrito. Para mi asombro, la editorial lo aceptó. Al recibir la noticia comencé a pegarme cabezazos contra la pared: mi monstruo saldría a la luz. 
Pensé que nadie lo compraría, que era demasiado horroroso. Sin embargo, en una semana me llamaron diciendo que mi libro había sido un éxito, que ya habían empezado a imprimir una segunda edición. Lo que hice fue romper a llorar. Sabía que aquel libro era horroroso, lo sabía. No podía haber triunfado tal sabotaje a la literatura. 
Ya no había vuelta atrás. Debía volver a escribir otro libro, los editores iban detrás de mí. ‘Soy el asesino de la literatura’, pensé.  
Mi segundo libro se tituló Adiós País, una novela sobre un rico que, amén de conservar su fortuna a toda costa, realizaba miles de barbaridades. Al verlo terminado, exhalé un suspiro de alivio y satisfacción. Lo consideré una obra maestra, la compensación de la monstruosidad que era La Vida y la Muerte del Señor Sin Nombre. Sin embargo, aunque lo envié a treinta editoriales, para mi triste sorpresa ni una sola llegó a ponerlo por encima de un chicle pegado a la acera. 
A partir de entonces, la frustración en la que me hundí me impidió escribir más, y me fui arruinando poco a poco. Embargaron mi casa, y tuve que irme a un pequeño piso del Bronx. Finalmente, me echaron del piso y acabé en la calle. Me alojé bajo la misma farola de la tercera avenida donde había conocido al viejo Jones, con nada más encima que unas ropas viejas y cincuenta años. 
Allí comencé a escribir mi tercera novela en unos cuadernos viejos. Por Todo lo Alto, la titulé. Una historia sobre la felicidad, sobre un joven que dedica su vida a perseguirla. Al terminarlo, me enamoré de él. No fui capaz de enviarlo a ninguna editorial, me sentía como el único que podía tenerla.  
Ese día me di cuenta. Ya supe lo que le había pasado al viejo Jason. Él… él vivía del libro, Guerra y Paz era su alma. Cuando me lo dio… él ya no era nada.  
Y es que mi destino no ha sido muy diferente al suyo. Soy un mendigo, viejo a mis sesenta y tres, enamorado de un libro, y viviendo incluso bajo la misma farola que él. Tiene sentido que acabemos igual. Hoy… hoy me toca esfumarme. Hoy he decidido que ya es hora de vencer mis egoísmos y dejárselo al mundo. Voy a enviarlo a una editorial de una vez por todas. No soporto no saber si el mundo lo vería de verdad como yo lo veo. Hoy… pongo punto y final.

Escrito por mí (Darío Bejarano Paredes o Atoman, como prefieras).

miércoles, 8 de agosto de 2018

Pensamiento de jardín, mi cuento sobre la belleza.

Un cuento que nos demuestra que hay cosas que no se pueden expresar con palabras.

Porque la belleza es comprensible por todos y todo... ¿Por qué no usarla como lenguaje?

Un profesor obsesionado con encontrar este idioma basado en la belleza planta una flor como símbolo de lo bello a la entrada de su casa, ignorando que ese pensamiento violeta que acaba de plantar posee el secreto del lenguaje que tanto persigue... Así comienza la historia de este pequeño cuento escrito por mí...

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Pensamientos violetas.

PENSAMIENTO DE JARDÍN

De tanto usar las palabras, no nos dimos cuenta de que éstas son solo una más de las vías que la naturaleza nos dio para comunicarnos. Así lo pensaba el profesor Leopoldo Limero, destacado filólogo de la región, que desde que dejó atrás su juventud deseaba que el pensamiento dejase de ser una simple vocecita en la cabeza, y pasase a ser algo más completo que fuese más allá del sonido, del lenguaje y de lo explicable por medio de caracteres y fonemas.
Fue el profesor quien un día me plantó a mí, un pensamiento violeta,  en la entrada a la parcela que rodeaba su casa, para indicar que de allí hacia dentro no se podía razonar mediante el lenguaje, sino mediante la más pura belleza, belleza como la que encierra una flor. Le gustaban los pensamientos por ser una de las pocas flores que florecían en las épocas más frías, y porque siempre se habían relacionado con la nostalgia.
Así, cuando tenía solo treinta y dos años, comenzó la labor de crear una forma de comunicación no basada en ningún idioma, pues estos sólo podían ser leídos o escuchados: él quería que su invención pudiese ser sentida.
Cuando aquel brillante ser me plantó junto a su buzón, era todavía un joven, de una languidez bohemia, cuyo rostro giraba alrededor de sus ojos claros, penetrantes en el centro de unas cuencas oscuras. La manera en que vestía seguía un único propósito: llamar la atención, y era capaz de ponerse cualquier cosa con tal pretexto, siempre que no arruinase la imagen que le gustaba crearse de excéntrico elegante.
Era todavía algo inexperto en asuntos del corazón, sin embargo, como para saber mucho sobre los sentimientos que un papel tan importante debían desempeñar en aquella creación utópica. Empezó pues, interesado más en la búsqueda de la inspiración que en la de un alma compañera, a perseguir ese amor  que tanto se le había resistido.
No lo costó mucho tiempo encontrar la pasión en muchas de las mujeres que frecuentaban los antros de artistas sin lienzos, actores sin papel y poetas sin versos que solía frecuentar. Desgraciadamente, aquellos amores breves se fundían por su propia incandescencia, y derretidos se escapaban entre sus dedos. Durante varios meses continuó viajando de romance en romance, pero siempre quedaba en él algún recuerdo de las pasiones anteriores. Aquellos restos de amor se fueron acumulando en su alma hasta dejarla anegada, y entonces se derrumbó. Cierto, esa marea constante de amores y desamores le había enseñado mucho sobre los sentimientos humanos, pero ahora que había probado el amor lloraba cada vez que lo veía evaporarse. Necesitaba una pasión que durase para siempre.
Comenzó entonces el periodo durante el cual nos conocimos mejor. El invierno que estoy narrando empezó gélido y seco, como siempre, pero también fue así dentro de Leopoldo Limero. En aquella época empezó a pintar, porque la pintura se llevaba lo que atormentaba su corazón. No tardó en acordarse de esa flor que había plantado en la puerta de su casa cuando buscaba objetos para dibujar.
En pocas semanas me convertí en el centro de sus obras, y poco a poco nos fuimos conociendo más. Una tarde cualquiera empezó a hablarme, sin saber que yo lo escuchaba y lo entendía. Desde el principio me resultó agradable oír su voz, esa corriente cálida que me agitaba como ligera brisa. Empecé a cogerle cariño a aquel que había tenido la consideración de instalarme en su jardín, y fueron creciendo mis deseos de poder responderle. Por supuesto, por más que me esforzaba, no podía hablarle, no era posible para mí saludarle, comentar aquello que decía, revelarle cómo  de alegre me hacía sentir que me dedicase tantos lienzos al mes. Fue durante estos encuentros artísticos cuando me contó toda su historia, la de aquel maravilloso lenguaje que buscaba y cómo, hasta el momento, sus esfuerzos habían fracasado tan estrepitosamente.
Todavía él no sabía que yo poseía eso que tan fervientemente deseaba encontrar. Ese pensamiento violeta que crecía a la sombra de su buzón carecía de garganta, de lengua y de cuerdas vocales con las que hablar, y de manos con las que escribir. Por ello me valía de un lenguaje puro que no necesitaba apoyarse en palabras. Mi mente se regía por el idioma de los sentimientos, y no por el de los términos que los definían. Pero no podía decírselo.
Cada mañana de aquel invierno intentaba que Leopoldo Limero consiguiese escucharme y entender cada una de las palabras que le dedicaba, y solo conseguía sentirme presa de mi tallo y añorante de una laringe.
Uno de esos días fríos, me habló de Mercedes por primera vez. Ella era la cartera que le llevaba el correo todos los días, quien había traído y entregado todas las cartas de amor dedicadas a sus romances efímeros, y quien, de pronto, se había convertido en el único habitante de su corazón.
La había visto alejándose en bicicleta después de dejar una carta, y al día siguiente se sentó fuera a esperar que pasara para volverla a ver. Su sonrisa resplandecía a la sombra de sus cabellos oscuros, casi lisos, pero en los que brillaban algunos rizos perdidos. Sus mejillas eran pálidas, y sus ojos, tan potentes como yo me imaginaba su personalidad. Yo ya la conocía, pues la había visto todas y cada una de las mañanas de mi vida depositando las cartas en el buzón. Yo sabía también que cada vez que recogía las cartas ella dejaba escapar un suspiro que, en mi lenguaje carente de letras, era una clara y certera declaración de amor, y la esperanza de que alguna vez tuviese que entregarse a ella misma uno de esos escritos.
Aquello no podía desembocar en otra cosa que en la pasión. Las primeras luces de la primavera vieron nacer un romance fantástico, casi difícil de imaginar fuera de los libros de cuentos y las novelas de otro siglo. Fue entonces cuando me di cuenta de que la ventura del profesor no me producía ahora alegría. En cambio, me hacía sentir como si me hubiesen arrancado los pétalos. No supe hasta entonces que yo amaba a Leopoldo Limero. Descubrí  que, en realidad, llevaba enamorada de él desde que vi el primer cuadro que me dedicó. Tal vez fue porque hacer de modelo me hizo sentir importante. Me hizo creerme humana o, al menos, con derecho a amar a un humano.
Sin embargo, yo tuve poco tiempo para contemplar aquella pasión, porque al llegar los meses cálidos, mis pétalos se marchitaron hasta el año siguiente. Cuando terminó mi hibernación, ella ya no estaba.
A finales de noviembre, mis estambres volvieron a brillar bajo la luz azul del invierno más oscuro. Si el año anterior había empezado mal, el primer acto de este se antojaba aún más desgarrador. Una fiebre se había llevado la vida de Mercedes en octubre, y su perfume todavía podía olerse en las lágrimas del profesor Leopoldo Limero.
Él había cambiado, sin duda. Varias arrugas habían surgido en su frente en los pocos meses que llevábamos sin vernos. Salía poco de casa, y pasaba la mayoría de sus horas dando vueltas en su jardín. Apenas le vi sonreír en mucho tiempo. Me sentí tan mal al ver así a aquel joven al que tanto apreciaba, que me puse algo mustia.
El profesor tenía por todas partes retratos de Mercedes, y cada día dibujaba uno o dos más. Aquellos dibujos eran, sin duda, mucho mejores que los que me había dedicado a mí en su momento. Hubiera llevado unos segundos diferenciarlos de una foto, de no ser porque el amor que el profesor desparramaba sobre ellos  no podía ser captado por una cámara.
Ya creía que ni siquiera se acordaba de aquella flor que una vez plantó, hasta que un día me sorprendió la sombra de un caballete y, detrás de este, la silueta de Leopoldo Limero pincel en mano. Algo todavía más asombroso ocurrió después. Le di, en ese idioma que no necesitaba palabras, las gracias, y él me sonrió y me guiñó el ojo en respuesta. Me había entendido.
Empezó entonces a pintar el mejor cuadro que me había dedicado nunca. Sus pinceladas eran ahora mucho más suaves y sutiles que el invierno anterior, y el pincel apenas tocaba el lienzo. Cuando el sol ya se despedía por el horizonte, me mostró aquel fantástico dibujo. Fue entonces cuando se inclinó y, con su voz templada y suave, me dijo:
-          Me he dado cuenta de que tú, pequeña flor, posees el secreto de esa lengua utópica que tanto tiempo llevo persiguiendo. Ahora necesito más que nunca conocerlo. Ese lenguaje tal vez me permita recuperar a Mercedes… Estoy seguro de que, en realidad, ella no se ha desvanecido por completo: sigue en mi mente, y por lo tanto aún se mantiene en este mundo. Te pido que me ayudes a devolverla a la vida y, para compensarte, yo te enseñaré mi idioma.
No pude ser más feliz al oír aquello. Al fin podría hablar con él. Al fin podría revelarle mi pasión silenciosa. Además, sí él me enseñaba su lengua, yo sería algo más que una flor, sería más humana… Pensé que tal vez entonces nuestro amor si sería posible.
Con el fin de enseñarnos nuestros lenguajes el uno al otro, el profesor comenzó a hablarme todos los días durante muchas horas. Yo le respondía, y él intentaba responderme a mí intuyendo lo que podía haberle dicho, pero no solía decir nada con sentido.
Pasadas dos semanas, al menos aprendió a diferenciar cuando yo estaba diciendo algo y cuando permanecía callada. Pero le costó un mes más empezar a afinar en sus respuestas.
Mientras tanto, yo intentaba aprender a leer. A pesar de mis esfuerzos, me seguía resultando complicado encontrar similitud alguna entre un árbol y aquellos cinco garabatos que,  juntos y ordenados de la manera correcta, lo conformaban. ¿Por qué la palabra flor no tenía pétalo alguno? ¿Por qué humano no tenía ni piernas, ni brazos, ni cerebro? No fue hasta mediados de febrero, dos meses después de comenzar nuestras lecciones, cuando me acostumbré a lo curioso de la lengua. Cuando la primavera comenzaba a acercarse yo por fin comenzaba a poseer un extenso vocabulario que, eso sí, no tenía manera de utilizar.
El profesor, por su parte, reducía a ritmo lento el número de palabras que necesitaba utilizar para expresarse, y poco a poco podía entender lo que yo le decía.
No nos dimos cuenta, pero abril había llegado pronto y mi letargo era inminente. A finales de mes, cuando cayeron mis últimos pétalos, podría haberme comunicado con fluidez si hubiese poseído unos labios para hablar y unos dedos para escribir. Pero, al mismo tiempo, ya no entendía lo que pretendía contarme Leopoldo Limero cuando se expresaba sin hacer uso de palabras, y  me costaba cada día más recordar ese lenguaje sin letras ni sílabas. Solo concebía la expresión por medio del habla y la escritura. Por tanto, cada vez me encontraba más perdida, pues seguía careciendo de medios para llevar a cabo ninguna de las dos. Al profesor le ocurría lo opuesto: ya no recordaba casi cómo leer, y le costaba pronunciar. Pero no me di cuenta de eso, pues mis flores se marchitaban y comenzaba mi periodo de descanso.
Mientras hibernaba ese año soñé por primera vez. Solía ver flores, figuras y al profesor, entre otras imágenes que ya no recuerdo. Finalmente, después de varios meses, llegó de nuevo la hora de florecer.
Lo primero que sentí al recobrar la conciencia fue que pesaba más de lo que recordaba. Lo siguiente fue que esta vez no eran mis pétalos los que se desplegaban para captar la luz solar, y que unas membranas cubrían los lugares desde los cuales emanaba mi visión. En lugar de pistilos, tenía ojos; en lugar de hojas, cabellos; en lugar de tallos, extremidades. Me sentía impaciente por probar mis piernas y correr como siempre había visto hacer a los gigantescos humanos. Me pregunté dónde estaría el profesor, y poco a poco me levanté para ir a su encuentro y abrazarle con mis nuevos brazos.
De pronto, vi junto a mis pies dos pequeñas florecitas con los tallos entrelazados.
-          Buenos días, Mercedes. Buenos días, profesor – dije.
Fui a buscar el caballete de Leopoldo Limero.
FIN.
Darío Bejarano Paredes, Atoman (que soy yo).

¡Espero que os haya gustado! A mí, al menos, me gustó escribirlo.

viernes, 20 de julio de 2018

Cierre, cuento en base a una palabra aleatoria.

Un cuento sobre la imaginación y el tiempo.

Un relato muy corto sobre la historia de un niño que, aunque no lo parezca, vivió más libre que cualquier adulto.

Escribí este cuento a partir de una palabra aleatoria. Hay páginas web que te proporcionan palabras al azar. Yo le pedí a la página tres palabras y me quedé con la que más me gustó. Fue cierre. Eso me llevó a una habitación cerrada y... Bueno, el resultado lo podéis leer:


  • Hace unos meses hice algo parecido en base a la palabra Tren.

cierre-cerrojo-historia-corta

Cierre.

La habitación estaba cerrada y vacía. Dentro, no había muebles. Dentro no había nada. Ni nadie. En fin, en realidad había una persona. O una ex-persona. Un cadáver. 

Había llegado ahí vivito y coleando. Hacía apenas unos minutos. Llegó como un pequeño niño con apenas unos pocos años de vida. Nadie sabe como acabó en aquella habitación cerrada. Nadie. Lo que sí sé es lo que pasó después. 

El niño pensó que las paredes blancas y vacías de la habitación eran aburridas, y necesitaban algo con lo que rellenarlas, y se imaginó un prado verde. En el prado verde imaginó una casa, pequeña pero acogedora, con tejas rojas, muros blancos y rodeada de setos. Caminó hacia la casa de las tejas rojas, los muros blancos y el seto y entró. En la casa encontró un anciano. Era un señor arrugado como el dedo gordo del pie después de pasar mucho tiempo en la piscina, con unas gafas que parecían prismáticos y una sonrisa que llegaba hasta sus patillas. El anciano era muy cálido y amable. Al ver al pequeño solo y sorprendido, le ofreció comida y una cama. Al día siguiente le permitió al chico quedarse, pues el joven no sabía a dónde ir, e igual la noche posterior. Pronto se hicieron amigos, y pasaron todas las noches juntos. Con el tiempo, eran inseparables. El anciano lo crió como a un hijo, lo vio crecer y cuando el chico tuvo la edad suficiente, le dio trabajo en su finca como pastor. Unos años más tarde, el pastor conoció a una bella joven, se casaron y tuvieron tres hijos. El niño imaginó su vida entera en cincuenta segundos, y a los cincuenta y un segundos murió de anciano a los setenta y siete años de edad. 

Y es que el tiempo no solía correr igual para todos, hasta que algún maniático del orden creó el reloj. Otro maniático del orden creó la realidad única, y ya no podemos elegir la realidad que más nos gusta. Yo soy otro maniático del orden, y  por eso fabrico relojes para hormigas. Las hormigas son los seres más organizados del mundo, todas en fila, tan coordinadas. Si viviesen muchos años, yo tendría más tiempo para estudiarlas y averiguar el secreto de su orden.

Darío Bejarano Paredes (Atoman), que soy yo.

tiempo-imaginación-cuento

Espero que hayáis disfrutado. Si os gusta, seguidme. Es muy difícil conseguir seguidores cuando se tiene un blog. Siguiéndome me apoyáis y me animáis a seguir publicando. Hasta pronto, nos vemos en el siguiente post!

martes, 1 de mayo de 2018

Obra de teatro corta para trabajar la la paz en institutos: La Revolución de las Campanas.

Una obra escrita por mi para ser interpretada en centros educativos por adolescentes, una actividad entretenida para el día de la paz o cualquier otra celebración.

La revolución de las campanas, una obra escrita por un joven para ser interpretada por jóvenes.

día-paz-adolescentes-obra-teatro


LA REVOLUCIÓN DE LAS CAMPANAS

PERSONAJES
ABUELA
ABUELO (Miguel) VIEJO
ABUELO (Miguel) JOVEN
AMIGO
CAPITÁN
MADRE
MUJER SOLDADO
NIETA
SOLDADO 1                                               
SOLDADO 2                                               
SOLDADO 3                                               
SOLDADO 4

                                              
PRESENTACIÒN
Esto ocurrió en un país cualquiera, a personas que hasta entonces habían sido como tú o como yo.  Una época que hoy en día nos parece lejana, pero cuya sombra intenta separarse todavía de la nuestra. Por aquel entonces, las mujeres se encontraban frente a un interminable camino en busca de la igualdad. Solo dos mujeres colaboraron en esta guerra. Y así, una de ellas jugaría un papel imprescindible en la victoria de la guerra… contra la guerra.



ESCENA 1

( En casa, época actual. Una chica está mirando una estantería con libros. Se proyecta imagen. Llega un anciano)
NIETA: (cariñosa saluda al anciano. El anciano le responde)  Hola abuelo. Por favor cuéntame la historia de cuando fuiste a la guerra
ABUELO VIEJO: (cariñoso) Hola. Te la contaré y además puedes leerla. La escribí hace mucho tiempo
NIETA: ¿de veras?¿dónde está?
ABUELO VIEJO: Aquí está (coge un libro del estante)
ABUELO VIEJO: De esto hace ya tiempo, querido nieto. A todos los jóvenes de mi pueblo nos habían llamado a las filas del ejército, y luchábamos por el bando que, aunque creíamos haber escogido nosotros mismos, nos habían asignado ellos.
NIETA:¿quiénes eran ellos?
ABUELO VIEJO: Los de siempre, hija, los de siempre. Los que desde el poder juegan con el destino de las personas como si fueran fichas de ajedrez. (Mira con tu imaginación. Yo era joven y apuesto…)
(El abuelo señala a la pantalla en la que se ve una imagen de Elías en primer plano. Se ve al ABUELO JOVEN y su MEJOR AMIGO vestidos de soldado partir despidiéndose de sus familiares. Suenan unas campanas a lo lejos, se ve la imagen de la campana proyectada. Los dos soldados se van finalmente y el grupo de familiares se disuelve).
(El ABUELO VIEJO  se sienta con el niño. Juntos siguen leyendo).
ABUELO VIEJO: Y yo que creía que pronto volvería a oír aquella campana que me había acompañado toda mi vida…Mira, nieta, de allí nos fuimos al campo de batalla . Luchábamos sin pensar, por salvar nuestras vidas. Allí conocí a tu abuela…
(El escenario se transforma. Es un campo de batalla, con los narradores leyendo en una esquina. Aparecen soldado 1, 3, abuelo Miguel joven y amigo Carlos. Entran 2 mujeres en la trinchera, todos se asombran, arman alboroto).
ABUELA: ¡Silencio!
SOLDADO 1. ¿Qué hacéis aquí?
ABUELA: ¿Qué te crees, que vamos a quedarnos de brazos cruzados en casa mientras matan a los míos? ¡Venimos a ayudaros!
(Se oyen risas, pero de pronto suenan los tiros, que los pillan de improviso.  Todos se ponen a sus puestos y comienza la lucha. Suena una canción épica, que se intercala con una más romántica, cuando el protagonista expresa lo que va sintiendo por la chica…)
(Cae el soldado 1 Y 2.  quedan solo tres en pie. El protagonista, su amigo, y ella. La música para de pronto).
ABUELA (a ABUELO, zarandeándolo): ¡Muévete! ¡Nos van a matar!
AMIGO: No hay nada que hacer.
ABUELA: ¿Qué? ¿Insinúas que nos rindamos?
AMIGO: O nos retiramos, o en diez minutos estaremos muertos. Colocad los sacos como si fuesen personas, y así tardarán un rato en darse cuenta de que nos hemos ido. Vamos.
ABUELO VIEJO: Aquel día, regresamos al campamento y salvamos la vida. Seguimos luchando en muy malas condiciones… Los tres conseguimos sobrevivir y yo cada vez admiraba más la fuerza y valentía de aquella chica; tu abuela…, y esperamos desde allí. Pero entonces…

ESCENA 2

(Meses después) (imagen de un campamento militar. En escena SOLDADO 3 y SOLDADO 4 y los tres protagonistas jugando a las cartas,…)
ABUELO (MIGUEL) JOVEN: Tengo hambre…
ABUELA: Pues no hay comida. Ni armas tampoco.
ABUELO (M. )JOVEN: ¿Es verdad, no?
ABUELA. ¿El qué?
ABUELO (M.) JOVEN. Que el final de la guerra se acerca.
AMIGO CARLOS: ¡Chicos, han traído algo nuevo!
ABUELA. ¿Algo nuevo?
ABUELO: ¿Comida?
AMIGO: Un arma. Un cañón que nos salvará. El mejor que se ha hecho jamás.
ABUELO (MIGUEL) JOVEN. ¿Y de dónde sale el dinero?
ABUELO (MIGUEL) VIEJO: Nadie supo responder esa pregunta. Y yo no la volví a hacer hasta tiempo después, porque gracias a aquellas terribles máquinas de matar, la situación de nuestro bando empezaba a mejorar y podíamos comer a diario. Pero un día recibí una carta que lo cambiaría todo…
(ABUELO JOVEN sujeta ahora una carta entre sus manos). Eh mirad, me ha llegado una carta de mi madre
ABUELO JOVEN(lee): Buenos días, querido hijo. Tengo miedo…
(Entra LA MADRE que recita de memoria la carta)
MADRE:
Tengo miedo. Ayer llegaron al pueblo unos militares…Entraron en la iglesia, mientras pedíamos por todos vosotros. A punta de pistola nos dijeron que subiéramos al campanario unos cuantos y que el resto trajesen todo el metal que tuviésemos. Para financiar la causa, dijeron. Para financiarla nos obligaron a deshacernos hasta de la campana de la iglesia. … Pero ojalá eso hubiese sido lo peor…  en fin, solo es una campana. Cuando el resto llegó con el metal dijeron que necesitaban el dinero, que eran órdenes, y nos quitaron todo lo de valor…Arrestaron a los que se resistían. Todo eso para conseguir metal y dinero para esos cañones de los que tanto hablan. Ya te lo dije, te dije que esto de la guerra era solo odio y horror, pereza por no llegar a un acuerdo o yo que sé… la cara buena del hombre era el amor, ahora solo queda la otra. El odio.
 (ABUELO tiembla de ira, casi rompiendo el papel entre sus manos. ABUELA apoya su mano en su hombro, para consolarlo, pero él salta de repente sobre una montaña de sacos).
ABUELO MIGUEL JOVEN: ¡Soldados! (todos se giran hacia él de pronto). Leed, leed esta carta. (Se la muestra y se la van pasando).
AMIGO. ¿Qué es lo que ocurre?
ABUELO MIGUEL JOVEN:  Los atacaron. Saquean nuestros pueblos para conseguir metal. Así hacen los cañones. Entraron en mi pueblo en mitad de misa y lo robaron todo, ¡todo! Maltratando a nuestras familias, matando a quién se opone a sus deseos… las campanas de las iglesias también se las llevan, dejan los campanarios vacíos, y también los corazones y los bolsillos de la gente para que la guerra no termine. ¿Y qué ganamos? (gritan NADA. No sé porqué lucho. algunos puños se levantan de pronto, y algunas voces claman libertad y paz). Si nuestra gente sufre,  esta guerra… ¿merece la pena? (gritan NO) ¡Yo no lucho más bajo esta bandera! ¡No más muertes entre hermanos!¡No más lágrimas en ojos de nuestros familiares! ¡La revolución de las campanas ha comenzado! (Suena un viva unísono).
Suena Michael Jackson. Número musical
(ABUELO se encuentra con ABUELA, que lo abraza de pronto).
ABUELA: Te quiero… Y creo que es porque estás loco…
ABUELO MIGUEL JOVEN: …por ti.

ESCENA 3: LA FIESTA
(Proyectar imagen pueblo, luz tenue).
Hay una mesa con vasos y bebidas.
En escena LILIAN, LEO, PUEBLERIN@S, protagonistas (menos amigo)
ABUELO (MIGUEL) VIEJO: A la mañana siguiente, trescientas almas nos dirigíamos a caballo para propagar nuestra idea de negarnos a luchar…
NIETA: ¿Y lo conseguisteis?
AUBELO: Sí, claro que sí… El problema era lo que haría el Gobierno cuando se enterasen de que no estábamos luchando.
NIETA: ¿Se enteraron? ¿Qué hicieron entonces?
ABUELO: Aquel día me trae malos y buenos recuerdos, querida. (se levanta). Un día, organizamos una fiesta en la plaza de un pueblo que se unió a nuestra no-guerra…
(Luz intensa. Entra un waltz a volumen bajo de fondo)
(Hay un brindis, se improvisará: alguien sirve la bebida, ABUELO dice ‘brindemos por la paz’, brindan, charlan, sube el volumen de la música).
 (ABUELO y ABUELA bailan walz durante un rato, entran dos soldados pegando tiros al aire, la música para y deja paso a una ráfaga de tiros, les sigue el AMIGO, el CAPITÁN entra con ellos).
CAPITÁN: ‘MORID, TRAIDORES, RATAS COBARDES. VAMOS, COGÉDLOS’. Cambian luces a rojo. Cogen a LILIAN, matan a LEO. Uno de los soldados persigue a los habitantes. El ABUELO JOVEN se queda paralizado, horrorizado, la ABUELA tira de él y se van corriendo por la puerta junto al escenario.
CAPITÁN (en mitad del escenario): ¡Que no huyan, los quiero vivos o muertos!
(Se apagan las luces, el CAPITÁN se marcha empieza nueva escena).

ESCENA IV: ELTRAIDOR.

(ABUELA Y ABUELO JOVEN entran corriendo de la mano por el fondo del pasillo, se paran casi cerca del final del escenario, tras ellos aparece el AMIGO, pistola en mano).
AMIGO: Nos habéis traicionado… me habéis traicionado. Estábamos a punto de ganar la guerra, ¿tanto os costaba aguantar un poco más? ¡Cobardes! Gracias a esta guerra nuestro país iba a ser un lugar mejor, ¡y yo conseguiría ser alguien por una vez!
CLARA: Pero Carlos,.. eres nuestro amigo. ¿por qué haces esto por… ¿poder, dinero?
AMIGO: ¡Pero no lo hacía solo por eso!
MIGUEL: Éramos amigos…
AMIGO: Lo éramos, pero ya no lo somos. No puedo ser amigo de unos desertores. (habla por un WT: Capitán, Señor, están aquí, los tengo) (Saca la pistola y les apunta, pero le tiembla la mano y se le cae la pistola. MIGUEL Y CLARA huyen. (Se derrumba).
***
Entra el capitán
CAPITÁN: ¡Cobarde! ¡Los dejaste escapar! ¡Te has dejado llevar por tus emociones!
AMIGO: Le prometo… que no volverá a pasar. No sé qué me pasó y yo…
CAPITÁN: ¡Pues yo sí sé lo que te pasó! ¡No tienes agallas para parar a estos insurrectos!¡Todavía no los odias en realidad!
AMIGO: ¡No! ¡Claro que los odio! ¡Con toda mi alma!
CAPITÁN: ¡Pues no lo demostraste! ¿Sabes qué? Si tanto los odias, mátalos ahora.
AMIGO: ¿Qué?
CAPITÁN: Los han cogido intentando salir del pueblo. ¡Traedlos!
(JUAN entra tirando de CLARA y RAÚL va tirando de MIGUEL).
CAPITÁN: soldados, pueden irse.
(CAPITÁN da una pistola a CARLOS).
CAPITÁN: Y ahora, hazlo y mañana serás comandante y mi mano derecha
( CARLOS duda un momento, entonces levanta la pistola y apunta a CLARA y MIGUEL, se queda unos segundos así, pero se gira hacia CAPITÁN y le dispara).

ESCENA V: EL DESENLACE

NIETA: Y así, Carlos demostró que el valor de la amistad le importaba más que el dinero que aquella absurda guerra podía darle… ¿De verdad lo perdonasteis?
ABUELO MIGUEL VIEJO: Sí, en tiempos difíciles, la gente suele cometer errores, nieta. La guerra acabó pronto y firmamos la paz. Pocos meses después, nació tu madre…
NIETA: ¿Mi madre?
ABUELO MIGUEL VIEJO: Sí, tu madre está terminando lo que tu abuela empezó. Supongo que lo sabrás, la abuela luchó activamente por los derechos de las mujeres. Y ahora tu madre se hizo política y está luchando por la igualdad en el trabajo entre hombres y mujeres. Venga, cariño, sigue leyendo
NIETA (mientras lee, el abuelo se va): Tu abuela y yo vivimos felices durante el resto de nuestra vida. Ella marchó antes que yo, y yo ya espero a irme tras ella cuando llegue el momento… (Se levanta y busca al abuelo). ¿Abuelo? ¿Abuelo, dónde estás? (Mira al cielo) ¡Ah! ¡Ya te veo! ¡Estás ahí arriba! Se te ve muy feliz, abuelito. ¡Pero mira, si es la abuela!
(De fondo, se ve la imagen de ambos juntos).

FIN

Darío Bejarano Paredes (Atoman), o sea yo.

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